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Benito Soto Aboal fué un famoso pirata español de principios del siglo XIX.  La aventura de uno de los pocos piratas españoles que alcanzaron fama mundial pero que pasó a la historia como uno de los más sanguinarios, sino el que más.

  Nacido el 22 de marzo de 1805 en un entorno de pobreza en Pontevedra, Benito era el séptimo hijo de una familia de catorce. Jamás aprendió a leer, pero se convirtió en un espabilado contrabandista al que, a los dieciocho años de edad, semejaron quedarle estrechas para sus vuelos las aguas de la costa gallega. Embarcado rumbo a Cuba, en ese momento se pierde la vista de sus andanzas hasta su reaparición a bordo del “Defensor de Pedro”. A partir de entonces hay dos versiones de la vida de Benito Soto: en la primera la de que se trató siempre de un honrado marinero que por la necesidad y las circunstancias acabó combatiendo a corsarios enemigos, y, en la segunda, que directamente actuó en barcos corsarios españoles contra buques de las repúblicas americanas. En cualquier caso, se da por seguro que navegó en buques negreros y tuvo más de un enfrentamiento armado, lo que le otorgó una notable experiencia en combates en el mar.

Con “patente de corso”


   El hecho es que, a finales de 1827, con sólo 23 años de edad, figura ya como segundo contramaestre del “Defensor de Pedro”, un bergantín de bandera brasileña con destino a África autorizado para “andar en corso contra la República de Buenos Aires y emplearse igualmente en mercancía donde le convenga y lícito fuese”. En términos pedestres diremos que este buque tenía “patente de corso” para ejercer la piratería contra toda aquella embarcación que se considerase enemiga del gobierno que lo había contratado. Por otra parte,a ningún lector avispado le habrá pasado desapercibido que el destino del bergantín, África, delataba su condición de buque negrero y su misión esencial: embarcar esclavos para trasladarlos al Nuevo Continente.
El 3 de enero de 1828, el “Defensor de Pedro” fondea en el Cabo de San Pablo y el capitán, Pedro Mariz de Sousa Sarmento, y algunos miembros de confianza de su tripulación, abandonan el buque intuyendo que, a bordo, se estaba gestando un motín. Asume la responsabilidad del mando el teniente de la Armada portuguesa, Antonio Rodrigues, quien el 26 de febrero se enfrenta a una rebelión encabezada por Benito Soto: la lucha acaba con la expulsión de los tripulantes considerados no válidos y, al grito de ¡Abajo los portugueses!, Soto encierra primero y ordena asesinar después a su principal cómplice y, a la par, rival en la revuelta, tomando “de facto” y de manera unipersonal el poder a abordo.
A partir de esos sucesos, podemos considerar que el “Defensor de Pedro” ya no era un buque con patente de corso, sino un barco pirata que navegaba bajo ninguna patria y bajo ningún dios como no fuesen la codicia de sus marineros y las órdenes de Soto.
La trayectoria del (nuevo) “Defensor de Pedro” desde su escala africana hasta el fin de su odisea oceánica en la bahía de Cádiz parece extraída de una película de piratas. A su paso fueron abordados la “Morning Star”, la “Topaz”, el “Unicorne” (que logró escapar), el “Cessnock”, la “Ermelinda” y el “New Prospect” y en casi todos los casos se trató de unos asaltos en verdad sanguinarios y que hablan muy poco bien de cómo se las gastaba Benito Soto en alta mar.

Asaltos sangrientos

 Un cuadro de Clarkson Stanfield se utiliza habitualmente para ilustrar la feroz acción de Benito Soto contra el «Morning Star», los piratas huyen abandonando a su presa, que se hunde  El asalto a la “Morning Star” devino en toda una matanza. Al no querer que hubiese testigos de su fechoría y después de matar a los tripulantes que aún resistían, Soto ordenó que se hundiese la fragata inglesa y se eliminase a todo su pasaje.
No corrieron mejor suerte los veintidós tripulantes de la fragata norteamericana “Topaz”, pasada por las armas, un golpe que le proporcionó a Soto el que probablemente fuese su mayor botín en joyas, piedras preciosas,relojes de oro, sedas de China y la India, y monedas. Con aquel tesoro en sus bodegas, el pirata comunicó a sus hombres que ya era hora de volver a a casa, poniendo al “Defensor” proa a Galicia.
En ruta hacia el Noroeste de España, el bergantín pirata no dudó en atacar a aquellos barcos que se le cruzaron en el camino y, así, fueron cayendo, entre otros, la fragata portuguesa “Ermelinda” y el “New Prospect”. Cuando, ya en la mismísima bahía de Marín, Benito Soto se creía rico y a salvo de cualquier contratiempo, se produjo un, para él, hecho inesperado. Ocurrió que se encontró con más dificultades de las previstas para vender la mercancía, de modo que se dirigió al Sur de la Península, recalando varado, debido a un error del timonel que confundió Punta Tarifa con la Isla de León, a tan sólo cuatro kilómetros del puerto de Cádiz, es decir, al alcance tanto de las autoridades españolas como británicas, las cuales procedieron a la detención de los bandidos.

 EL FIN DE LA TRAVESIA SANGRIENTA

A las nueve de la mañana del 25 de enero de 1830, cinco días después de ser condenado por asesino y pirata, el gallego Benito Soto Aboal, capitán de «La burla negra», salió de su celda para ser ejecutado en Gibraltar por la justicia británica.

La lluvia que caía en Gibraltar aquel día invernal empapaba sin compasión al reo, al cura que lo asistía y a la multitud que se amontonaba en torno al cadalso. A sus 25 años de edad, el gallego Benito Soto Aboal iba a morir ahorcado. Había adelgazado mucho desde su detención, y su semblante, antes curtido por el aire del mar, se había vuelto de un matiz pálido y amarillo en los 19 meses que llevaba preso.

Para cubrir los centenares de metros entre el castillo del Moro y el lugar de la ejecución, el gallego se había vestido con una chaqueta y pantalones blancos; los zapatos se le habían ensuciado de barro y la camisa, desabotonada en el cuello, permitía que el agua le resbalara hasta el pecho. El pelo, antes abundante y espeso, había sufrido un apresurado trasquilón y la navaja del descuidado barbero también le había privado de las grandes patillas que antes lucía.

Nada más terminar el juicio, las autoridades del Peñón le habían ofrecido un confesor, pero Benito respondió que con cuatro días de vida por delante, aún le quedaba tiempo. Debió comprobar cómo las horas pasaban muy deprisa, porque pronto consintió en ver al sacerdote. «Como es católico, su confesión no ha sido hecha pública», relata la crónica oficial de los funcionarios anglicanos.

En cuanto llegó ante el dintel de la horca, el condenado rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo prestado por el sacerdote. Después reconoció ante los presentes, en español, la justicia de su condena, al tiempo que los exhortaba a aprender de su muerte y a que rezaran por él. Escuchó la sentencia, leída en inglés y traducida al español, con aire indiferente y los brazos cruzados y una vez terminada, dicen, echó una gran carcajada oteando a la muchedumbre reunida y se despidió con un «adiós a todos».

Luego, como vio que la soga estaba algo alta, se subió bruscamente al ataúd, logró introducir el cuello por el nudo corredizo, se inclinó hacia delante y dio un salto para caer con más fuerza y acelerar la muerte. Pero la cuerda se estiró y sus pies llegaban a rozar el suelo, por lo que tuvieron que cavar un agujero bajo ellos para que el cuerpo quedara colgando y la soga cumpliera su trabajo. Hecha apresuradamente esta macabra operación, y tras unos pataleos espasmódicos, Benito Soto expiró.

 

Benito Soto, en un retrato realizado antes de su ejecución, junto a la maqueta de su barco

 

LAS SENTENCIAS

Benito Soto. PONTEVEDRA. 25 años (huido y preso en Gibraltar): Ahorcado, arrastrado, descuartizado y sus cuartos expuestos en ganchos a orillas del mar.

Jose dos Santos. BRASIL (huido): Colgado, descuartizado y su cabeza expuesta en un gancho a orillas del mar.

Nicolás Fernández. VIVEIRO, 20 años; Antonio de Laida. VIZCAYA, 23 años;Nuño Pereira. PORTUGAL, 25 años; Victor Saint Cyr de Barbazán. FRANCIA, 21 años; Maríe Guillermo Teto. FRANCIA, 22 años: Federico Lerendu. FRANCIA, 23 años: Ahorcados, descuartizados, y sus cabezas expuestas a orillas del mar.

Francisco Goubín. FRANCIA, 32 años; Pedro Antonio. MENORCA (¿OPORTO?), 26 años; Domingo Antonio PORTUGAL, 22 años; Joaquín Francisco. PORTUGAL, 32 años:Ahorcados.

Manuel Antonio Rodríguez, PORTUGAL:Diez años de prisión.

Cayetano Ferreira PORTUGAL; Ocho años de prisión

Manuel José de Freitas PORTUGAL; José Antonio Silva PORTUGAL; Antonio Joaquín PORTUGAL:Seis años de prisión

Joaquín Palabra, GUINEA, 15 años: Sin condena y devuelto a quien sea su propietario.

Benito Soto Aboal
 

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